El Matrimonio: un solo corazón, una sola alma, una sola carne
No sin asombro cuando leí U NA CARO, Elogio de la monogamia, Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y de pertenencia mutua publicada por la Santa Sede, con el refrendo de SS el Papa León XIV, el día 25 de noviembre de 2026, me quedé de una pieza, pero por solo un momento. Al respirar profundamente, pensé que la Iglesia Católica, siendo Madre, no podía provocar un terremoto a un mes de la Navidad.
El libro del Génesis, revelado por Dios aproximadamente entre los años 1440 a 1400 antes de Jesucristo (según algunos autores) contiene la base doctrinal del Matrimonio querido por Dios la cual desde hace más de 3000 años ha tenido infinitos análisis y estudios teológicos y mundanos. Así que un nuevo documento de la Santa Sede sobre el Matrimonio no deja de sorprenderme.
Los autores en esta ocasión han elaborado un resumen que abarca desde los primeros tiempos, es decir,
el Génesis, hasta la actualidad sobre dicha doctrina querida por Dios. Es
orientativo para los que quieren profundizar en el tema, sobre todo por las 256
citas doctrinales de Papas, santos de la Iglesia y de autores cristianos que se
han ido refiriendo en los 156 puntos, todo ello en 15 páginas.
En la conclusión queda claro que
la Iglesia Católica no cambia nada de lo que ya conocemos los católicos de bien
que nos basamos en el Catecismo de la Iglesia Católica y las Sagradas
Escrituras. Por ello, copio literalmente el apartado de la Conclusión, e
incluyo el enlace del documento al final del post, pues nunca está de más
refrescar la doctrina para testimoniarla con nuestra vida.
En definitiva, aunque cada
unión conyugal es una realidad única, encarnada dentro de las limitaciones
humanas, todo matrimonio auténtico es una unidad compuesta por dos individuos,
que requiere una relación tan íntima y abarcadora que no puede compartirse con otros.
Al mismo tiempo, al ser una unión entre dos personas que tienen exactamente la
misma dignidad y los mismos derechos, exige esa exclusividad que impide que el
otro sea relativizado en su valor único y utilizado simplemente como un medio
entre otros para la satisfacción de necesidades. Esta es la verdad de la
monogamia que la Iglesia lee en la Escritura cuando afirma que de dos se
convierten en "una sola carne". Es la primera característica esencial
e inalienable de esa amistad tan particular que es el matrimonio, y que
requiere como manifestación existencial una relación abarcadora —espiritual y
corporal— que madure y crezca cada vez más hacia una unión que refleje la
belleza de la comunión trinitaria y de la unión entre Cristo y su Pueblo amado.
Esto ocurre hasta tal punto que podemos reconocer «en la íntima unión conyugal,
mediante la cual dos personas llegan a ser un solo corazón, una sola alma, una
sola carne, el primer significado originario del matrimonio».
El camino recorrido en esta
Nota nos permite ahora destacar un desarrollo del pensamiento cristiano sobre
el matrimonio, desde la antigüedad hasta nuestros días, donde es evidente que,
de sus dos propiedades esenciales —unidad e indisolubilidad—, la unidad es la
propiedad fundacional. Por un lado, porque la indisolubilidad se deriva como
característica de una unión única y exclusiva. Por otro, porque la
unidad-unión, aceptada y vivida con todas sus consecuencias, posibilita la
permanencia y la fidelidad que la indisolubilidad exige. De hecho, diversos
documentos magisteriales han descrito la unión matrimonial simplemente como una
«unidad indisoluble».
Esta unión exige un
crecimiento constante del amor: «El amor conyugal no se salvaguarda
principalmente hablando de la indisolubilidad como si fuera una obligación, ni
repitiendo una doctrina, sino fortaleciéndolo mediante un crecimiento constante
bajo el impulso de la gracia. El amor que no crece empieza a correr riesgos, y
solo podemos crecer respondiendo a la gracia divina con más actos de amor, con
afectos más frecuentes, más intensos, más generosos, más tiernos y más alegres».
La unidad conyugal no es solo una realidad que debe comprenderse cada vez mejor
en su sentido más bello, sino también una realidad dinámica, llamada a un
desarrollo continuo. Como afirma el Concilio Vaticano II, el esposo y la esposa
«experimentan el sentido de su propia unidad y la realizan cada vez más plenamente».
Porque «lo mejor es lo que aún no se ha logrado, el vino madurado con el
tiempo».
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