Protejamos en las familias los valores del Evangelio

En el último domingo del año y siguiente a la Navidad, la Iglesia Universal celebra la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, el modelo de vida por antonomasia para toda la humanidad. Por ello transcribimos a continuación las palabras que el santo padre León XIV ha dirigido a los fieles desde el balcón de la plaza de San Pedro del Vaticano, antes del rezo del ángelus de esta jornada que ha correspondido con el día 28 de diciembre de 2025, fiesta de los Santos Inocentes.



Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos propone el relato de la “huida en Egipto” (cf. Mt 2,13-15.19-23).

Es un momento de prueba para Jesús, María y José. Sobre el resplandeciente cuadro de la Navidad se proyecta, casi de improviso, la inquietante sombra de una amenaza mortal, que tiene su origen en la atormentada vida de Herodes, un hombre cruel y sanguinario, temido por su crueldad, pero precisamente por eso profundamente solo y obsesionado por el miedo a ser destronado. Cuando se entera por los magos de que ha nacido el «rey de los judíos» (cf. Mt 2,2), sintiéndose amenazado en su poder, decreta la muerte de todos los niños de la edad de Jesús. En su reino, Dios está realizando el milagro más grande de la historia, en el que se cumplen todas las antiguas promesas de salvación, pero él no es capaz de verlo, cegado por el miedo a perder el trono, sus riquezas, sus privilegios. En Belén hay luz, hay alegría; algunos pastores han recibido el anuncio celestial y ante el pesebre han glorificado a Dios (cf. Lc 2,8-20), pero nada de esto logra penetrar las defensas blindadas del palacio real, salvo como un eco distorsionado de una amenaza que hay que sofocar con violencia ciega.

Sin embargo, precisamente esta dureza de corazón resalta aún más el valor de la presencia y la misión de la Sagrada Familia que, en el mundo despótico y codicioso que representa el tirano, es el nido y la cuna de la única respuesta posible de salvación: la de Dios que, con total gratuidad, se entrega a los hombres sin reservas y sin pretensiones. Y el gesto de José que obediente a la voz del Señor, lleva a salvo a la esposa y al niño, se manifiesta aquí en todo su significado redentor. De hecho, en Egipto crece la llama del amor doméstico a la que el Señor ha confiado su presencia en el mundo y cobra vigor para llevar la luz al mundo entero.

Mientras contemplamos con asombro y gratitud este misterio, pensemos en nuestras familias y en la luz que ellas también pueden aportar a la sociedad en la que vivimos. Lamentablemente, el mundo siempre tiene sus «Herodes», sus mitos del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos, del bienestar vacío y superficial, y a menudo, sufre las consecuencias con la soledad, la desesperación, con las divisiones y conflictos. No dejemos que estos espejismos sofoquen la llama del amor en las familias cristianas. Al contrario, protejamos en ellas los valores del Evangelio: la oración, la frecuencia a los sacramentos —especialmente la confesión y la comunión—, los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día. Esto las convertirá en luz de esperanza para los entornos en los que vivimos, escuela de amor e instrumento de salvación en las manos de Dios (cf. Francisco, Homilía en la Misa por el X Encuentro Mundial de las Familias, 25 junio 2022).

Pidamos entonces al Padre del Cielo, por intercesión de María y san José, que bendiga a nuestras familias y a todas las familias del mundo, para que, siguiendo el modelo de la familia de su Hijo hecho hombre, sean para todos un signo eficaz de su presencia y de su amor sin fin.


Que el Niño Jesús renueve en nosotros la virtud de la esperanza que no defrauda

 En breve será Nochebuena y al día siguiente Navidad. Los más pequeños y jóvenes de la familia habrán cerrado los libros y las obligaciones docentes y las familias pasarán unos días al completo, unos van o vienen para ver a sus más queridos. No hemos de olvidarnos de los enfermos, hospitalizados, en residencias o en prisiones que formen parte especialmente de nuestro grupo de familiares y amigos para atenderles también en estos días de mucho trabajo, estrés y emociones. A pesar de ello, no nos separemos de lo que realmente celebramos. No se trata de regalos, banquetes, comilonas y fiestas, se trata de la celebración del cumplimiento de las Sagradas Escrituras Bíblicas: el Mesías en la persona de Jesús entra en la historia de la humanidad para salvar nuestras almas y cuerpos y llevarnos a la vida eterna, estado en el que estaremos en la perfecta felicidad.

Así que quiero felicitaros la Navidad y para ello he tomado del sitio web oficial el mensaje del prelado del Opus Dei dirigido a todos sus miembros, cooperadores y a todas esas personas allegadas o no a la Obra, cristianos a o no. Os invito a leerlo.


“Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos! En pocos días celebraremos la Navidad: el nacimiento de Cristo, el Hijo de Dios, que ha asumido nuestra humanidad hasta sus últimas consecuencias, salvo el pecado. Es tan grande el amor que Dios nos tiene que ha querido incluso hacerse Niño: débil, indefenso, necesitado del cuidado de María y de José.

 Este Niño que contemplamos en el pesebre pasará la mayor parte de su vida como uno más: en la comunidad judía de Egipto y luego, en Nazaret, conviviendo con sus familiares y amigos, participando de las fiestas y de las penurias de su pueblo, aprendiendo y trabajando en el taller con san José.

 El portal de Belén es reflejo fiel de la universalidad de la redención: pastores y reyes, tan diferentes externamente, se encuentran unidos por su deseo de adorar al Mesías. La salvación que nos ofrece el Señor no se circunscribe a unos pocos privilegiados, sino a todos: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, de todas las etnias y procedencias. En este mundo tan necesitado de paz –nuestro corazón se dirige ahora a tantos lugares azotados por la guerra y a tantos hogares fracturados por los conflictos–, los cristianos estamos llamados a anunciar la universalidad de la salvación ofrecida por Jesús.

En los días de la Navidad, la gran alegría del nacimiento contrasta con el sufrimiento de los santos inocentes y las penurias de una huida repentina. Así, desde el inicio la misión de Jesús está atravesada por el signo de la cruz. San Josemaría, al hablar de la necesidad de unir, de comprender, de perdonar, ponía como referencia la actitud del Señor en el Calvario: «La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz» (Via Crucis, VIII estación, n. 3). En este tiempo de paz, procuremos que ninguna barrera se interponga entre quienes nos rodean. Si alguna de nuestras relaciones se encuentra dañada por un conflicto o un resentimiento, pidamos la humildad para pedir perdón o perdonar, considerando que Dios es el primero que no duda en ofrecernos su perdón cuando nos acercamos a él arrepentidos: con su gracia, Él nos ayudará a forjar un corazón misericordioso y abierto a todos, como el de su Hijo.

 Al contemplar a la Sagrada Familia en el portal de Belén, se nos viene a la cabeza la situación de tantas personas que, como María y José, carecen de lo necesario para cuidar de sus hijos. Recordemos unas palabras del Papa León XIV en su exhortación apostólica Dilexi te: «Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será olvidado, especialmente si está dirigido a quien vive en el dolor, en la soledad o en la necesidad» (n. 4). Os animo a que durante el tiempo de Navidad no falten en vuestras familias algunos gestos concretos de afecto hacia los más necesitados, sabiendo ver en cada uno al mismo Jesús que nace en Belén.

 Que el Niño Jesús renueve en nosotros la virtud de la esperanza que no defrauda, y que la Sagrada Familia nos enseñe a mirar el futuro con la confianza serena de quien se sabe en manos de Dios. vuestro Padre. Fernando Ocáriz. Roma, 15 de diciembre de 2025.”

Fotografia Vaticans News

  Estamos releyendo los discursos y homilías del Santo Padre León XIV pronunciados en su reciente viaje a España, y me detengo en aquella ...