Un autocar lleno de peregrinos de
la ciudad de Barcelona nos desplazamos a la población francesa de Lourdes donde
está ubicado uno de los santuarios marianos más visitados del mundo, el de la
Virgen que tomó el nombre del pueblo donde apareció llamado Lourdes, del 9 al 12
de febrero de 2026.
Nos juntamos 58 personas
comandadas por Mn. Xavier que nos había agrupado de diferentes parroquias de la
ciudad. Si bien muchos de nosotros habíamos ido en otras ocasiones, ahora en
este 2026 se trataba de visitar a la Virgen y celebrarlo el día culminante del
año que es el de su festividad, el 11 de febrero, declarado el Día Mundial de
los Enfermos. En el grupo había enfermos, invidentes y acompañantes, otros con
ciertas disminuciones psíquicas y sus familiares, matrimonios mayores, viudas,
etc. todos nosotros con el denominador común de ser católicos con mucho amor a
la Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra.
Hacia Lourdes
Iniciamos el trayecto con un
cambio de ruta que provocó que el viaje de ida fuera más largo de lo que
pensábamos, pues la ruta inicial de ir por Lleida, Pont de Suert, Viella y
pasar por su túnel almorzando en Bossòst población muy cercana a la frontera
francesa era perfecta, pero debido a la nieve acumulada y otras inclemencias
del tiempo estaba prohibido en esos días el paso de autocares y camiones por el
túnel de Viella, motivo por el que se optó ir por Girona, La Jonquera y entrar
en Francia hasta tomar la autopista del Atlántico. Cerca de Toulouse empezó a
llover y la lluvia ya no nos dejó en toda la peregrinación, día y noche,
realmente muy persistente. Llegamos a Lourdes cuando la mayoría de los
franceses ya habían cenado. En la residencia religiosa donde nos alojamos,
gracias a Dios, nos esperaban para cenar. Todas aquellas incomodidades
sobrevenidas se las ofrecimos a la Virgen, y todo lo demás que sobrevino
después.
En Lourdes, el Santuario y la Gruta
Dado que éramos muchos y con
diferentes características, cada grupito tenía su ritmo. No obstante en el
comedor nos juntábamos de nuevo en el desayuno y las comidas. Nuestro
alojamiento estaba a un paso de la Parroquia donde Santa Bernardette, la niña
que vio aparecer a la Virgen fue bautizada y muy cerca también del Monumento a
los Muertos, vecinos de Lourdes durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial del siglo XX. Desde aquel
punto, caminando un rato llegabas a la puerta del santuario. Allí ya nuestro corazón
empezaba a batir con fuerza con ganas de llegar a la Gruta para contemplar la
imagen de la Virgen, según como aquella niña santa había descrito a Nuestra
Señora.
Solo al entrar en el santuario se
hizo el silencio en todo el entorno. Aquel lugar era un remanso de paz. El caudaloso
y ruidoso río se hizo silencioso. Siempre ocurre así. Es impresionante porque
nadie draga el río de las piedras o escombros, sino que el manto del agua
circula rápidamente pero sin interrumpir los cantos ni la oración de los fieles
que se acercan a la Gruta. Y como siempre también, aquella roca donde apareció la
Virgen suda agua continuamente. Claro que en esta ocasión estaba mojada por la
lluvia, pero a pleno sol los fieles igualmente tenemos la costumbre de
acariciar la roca húmeda con el fin de llevarnos algo de Nuestra Señora.
Misa Internacional
Se ha de destacar el encuentro de
la Santa Misa Internacional en la basílica subterránea de san Pío X. A pesar de
que una de las entradas a la basílica, en esta ocasión, estaba inundada, se
pudo entrar por otras celebrándose la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes y
el Día Mundial de los Enfermos con cierta normalidad, pues todo estaba previsto
y resuelto con eficacia.
La misa fue presidida por el
Obispo de Tarbes-Lourdes concelebrada por más de una docena de obispos y unos doscientos
sacerdotes venidos de todo el mundo. La presencia de muchísimos diáconos
facilitó las múltiples tareas que se han de resolver en un encuentro tan numeroso.
El ritual de la misa fue en latín, idioma oficial de la Iglesia Católica, la homilía
y las lecturas de la liturgia de la Palabra, en diferentes idiomas.
Mi marido y yo que llegamos media
hora antes del inicio de la celebración, pudimos ver con nuestros propios ojos como
toda la nave de la basílica estaba llena a rebosar de fieles. En ese momento se
iniciaba la procesión de los estandartes de los grupos de peregrinos que habían
acudido a la celebración. También en los pasillos laterales había muchísima
gente de pie, en los bancos de piedra o en sus sillitas portátiles. Nosotros tuvimos
el privilegio de poder sentarnos en la capilla de san Juan Pablo II, como así
se llama la Capilla del Santísimo, donde hubo una frenética actividad relativa a
la salida de las ofrendas para el ofertorio de la misa, al ir y venir de los
sacerdotes y diáconos que habían repartido la sagrada comunión a los fieles y el
retorno a la capilla de los copones vacíos o con todavía formas consagradas que
habían de reservarse en el Sagrario.
En aquel pequeño lugar santo no
había ninguna pantalla para ver la celebración, pero daba igual, creo que
estuvimos cómodamente en el mejor sitio. Al acabar fue muy emotivo el homenaje
de despedida que le hicieron al doctor italiano Alessandro de Franciscis,
responsable de la Oficina de Reconocimientos Médicos de Lourdes desde el
año 2009 hasta dicha fecha.
De regreso a casa
El día 12 de febrero, felices y
emocionados debido a las múltiples caricias que recibimos de Nuestra Señora de
Lourdes, después del almuerzo a la hora francesa, emprendimos el camino de
regreso a Barcelona. En aquellas horas ya se presagiaba que el viaje iba a ser
largo pues debíamos regresar por la autopista del Atlántico. El viento era
nuestro enemigo. Enseguida topamos con largas retenciones de tiempo y espacio.
Acababan de abrir la frontera por La Jonquera y todos los camiones que estaban
retenidos entre Francia y La Jonquera emprendieron su viaje. Y todos nos
encontramos. Se suprimieron carriles de la autopista, por un lado porque los
camioneros debían parar 45 minutos si así lo indicaban los tacómetros y la
verdad eran muchísimos. Por otro lado, porque había árboles caídos debido al
efecto palanca que hacían aquellos vientos huracanados. Los desvíos por otras carreteras
parecían una buena solución pero también había vehículos accidentados y otros
problemas. Cuando el cúmulo de incidencias parecía insoportable, del fondo del
autocar, inició sus cantos a la Virgen Santísima un coro femenino que parecía
de ángeles. Fue un bálsamo para todos.
Gracias a Dios, llegamos a
Barcelona, agradeciendo a nuestro conductor Sr. Carlos, su pericia para llevarnos
a casa sanos y salvos.
Fotos Isabelita