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El nido vacío

Casi muchos de nosotros, en un momento dado de la vida, decidimos, por nuestra cuenta y riesgo, tomar la decisión personal de emprender el vuelo y salir de la casa de nuestros padres, sin pensar en absoluto, cómo quedaban aquellos corazones paternos. Es ley de vida, por supuesto, y hay que hacerlo, hay que arriesgarse, hay que vivir la vocación, escogida a veces sin demasiada profundidad. Nuestros padres, de alguna manera con nosotros lo vivieron, se opusieron o nos regañaron, sin embargo, ahora cuando emprende el vuelo tu propio hijo, todo resulta nuevo pues aparece ese sentimiento de que algo tuyo, propio, te deja. Sabemos que los hijos no son propiedad de los padres, aunque les hayamos dado la vida: los hijos son de Dios y nacidos libres para siempre. No obstante, este aspecto natural y divino a la vez, choca con el aspecto sensible y humano de querer retener lo que crees que es tuyo. Además es una actitud incluso instintiva. Pero si te reconoces verdaderamente hija de Dios, también lo reconoces en tus hijos, y ese vuelo que inician se te hace más llevadero.
Ese sentimiento tan común como universal, a veces forma parte del diálogo entre un psicólogo y una paciente, y lo llaman técnicamente el síndrome del nido vacío. Aun siendo profana en la materia, sinceramente creo que no siempre hemos de sentarnos en un diván para explicar ese dolor o desgarro que sentimos cuando un hijo se va de casa, sobre todo cuando esa marcha es feliz y sincera, pues la mujer, por naturaleza, siempre ha sido fuerte y la maternidad la fortalece aunque muchas mujeres huyan de la experiencia, más por un egoísmo mal entendido que por otra cosa, ya que la mujer está llamada a poblar la tierra y lo ha hecho, y lo seguirá haciendo,  por miles de millones de años y de eras.
El mejor tratamiento para ese síndrome es el diálogo sincero con ese hijo o hija que está preparando el vuelo, la boda, la vocación religiosa o sacerdotal, la entrega total a Dios. Hay que aprovechar al máximo ese tiempo que nos queda, de preparativos, de decisiones más o menos pequeñas, de apoyos mutuos, sin discutir, escuchando, comprendiendo y aprendiendo de ellos, pues siendo padres hemos de ser sus mejores amigos, y, a pesar de la marcha, hemos de procurar que nos sigamos queriendo en ese periodo de tiempo tan importante de su gran salto en su madurez.

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