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La luminosidad en el hogar

Cuando leí por primera vez que Si se vive el matrimonio como Dios quiere, santamente, el hogar será un rincón de paz, luminoso y alegre, lo leí con la visión miope y materialista; sin entender lo que era la santidad en el matrimonio, me fijé solo en la luminosidad artificial del hogar.

¿Se trataba de encender más las luces de mi casa? Pues lo iba a tener mal,  mi marido siempre andaba apagando lo que encendía y enseñándome a fin de mes la factura de la compañía eléctrica. Mal iba en santidad, creí,  pues no iba a poder darle más al interruptor.

Pensé luego que la luminosidad podía ser cambiar las cortinas, que fueran finas como visillos, o de colores claros… o llenar los jarrones de flores. Se trataba de lanzarse a comprar y gastar. Mal iba también pues el gasto (o mal gasto) no era lo más conveniente en ese momento. Y mal iba de paz en el hogar provocando discusiones bizantinas sobre cortinas, lámparas y otras cosas.

Nada, seguí leyendo, estudiando; me metí más en las enseñanzas sobre el matrimonio de aquel santo, que entonces conocía poco. La lectura de “Cristo que pasa”, “Camino”, “Forja”, “Surco”, etc. de San Josemaria me dieron luces, y en la oración fui viendo que no se trata solamente de tener el hogar limpio y ordenado, sin excesos; se trata que sea habitable y del que nadie tenga ganas de echar a correr. Se trata de ser perfectos en la medida de que queramos asemejarnos a Cristo, pero sin esa perfección perfeccionista molestosa, y de querer que todo en casa esté como una foto de revista de decoración, provocando que los que viven en ella estén incómodos y con las llaves en la mano a punto de huir al menor gesto de oír “haz esto” o “haz aquello”. Entendí que la luminosidad es la que nos infunde el Espíritu Santo para practicar en el hogar las virtudes, especialmente para nosotras la templanza, y así en esa práctica virtuosa seremos señoras de ti misma, y conseguirás que ese hogar sea para el matrimonio un camino de santidad.

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