Estamos releyendo los discursos y homilías del Santo Padre
León XIV pronunciados en su reciente viaje a España, y me detengo en aquella
respuesta que pronunció a unos jóvenes en la Vigilia de Oración con los jóvenes,
el sábado 6 de junio en Madrid ( extracto):
Bueno, ¡felicidades por tu
matrimonio, Fernando! Aquí también he visto a otras parejas que se van a casar:
¡Felicidades y bendiciones! Porque, si antes dije «no tengáis miedo de pensar
en una vocación», el matrimonio también es una vocación. ¡No tengáis miedo del
matrimonio y de formar una familia!
A lo largo de los siglos de
historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades,
atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a
formar. Hay un texto antiguo, se llama la Carta a Diogneto, que nos ofrece al
respecto una hermosa intuición: «los cristianos son en el mundo lo que el alma
es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús
son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos
libres en Cristo! Y Cristo nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor,
somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las
modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque
sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia
culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta
perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva
dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de
vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la
universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este
entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de
testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar
los valores y la belleza del Evangelio.
Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.
Y entonces, quiero confiar a
todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y
mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que
buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día.
Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los
demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es
Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia
en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los
primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed
misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro
tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la
caridad (cf. Gálatas 5,6).
Esta, queridos jóvenes, es la
virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Vosotros podéis cambiar la
historia! ¡Hacedlo con el amor! Muchas gracias.
Aquí tenéis EL LIBRO ELECTRÓNICO
del viaje apostólico del Santo Padre a España:
Libro Electrónico León XIV en España
Foto Isabelita de la imagen de mi televisor TreceTV
