En el momento de la publicación de este post, no hace ni 24 horas que en el norte de Venezuela se ha producido un doble terremoto de tal magnitud que han colapsado innumerables edificios y ha dañado muy especialmente la gran mayoría de otros edificios y estructuras de aquella zona. La Guaira ha sido el epicentro, tocando el océano Atlántico y la capital Caracas que está a unos 30 minutos de distancia, así como importantes destrozos en el aeropuerto de Caracas. Por lo tanto se trata de núcleos importantes de habitantes. Los muertos se contarán a miles.
La comunidad internacional ya
está reaccionado y personal rescatista ya se prepara o ya está de camino desde Argentina, España, y más países europeos y Estados Unidos entre otros. Pues es clave su labor en
los primeros días de la catástrofe, recuperar vidas, identificar a los muertos
y asistir a los damnificados que serán todos los que allí vivían. A su vez,
evitar robos, pillajes y otros crímenes ante un posible descontrol de la situación.
Y sobre todo, tareas de coordinación entre las autoridades de allí y las que van
en su auxilio.
Por las redes sociales ya
circulan reels que nos convocan a orar por los supervivientes, por sus
familias y los desaparecidos, que Dios Nuestro Señor les de fuerza en estas semanas
difíciles, porque la magnitud de la tragedia venezolana no ha hecho más que
empezar. También hemos visto abundantes vídeos e imágenes de la destrucción del
territorio en pocos minutos, temblores que se habrán extendido por el océano y
por el interior del país.
Por ello, todos nosotros en
el lugar donde estamos o estemos, trabajando o tomando una cervecita bien
fresquita para paliar el calor, demos gracias a Dios y recemos ya por esas
familias rotas, niños y niñas huérfanos, y para que nadie esté solo ni se
sienta abandonado. Y los venezolanos repartidos por el mundo, localicen a sus
familias. También que aquellos proyectos de presente y futuro de familia, estudios,
trabajos y vida ciudadana que se han destruido, que a sus protagonistas supervivientes les renazca
la fuerza para seguir adelante. Tiempo habrá para enviar donativos, ropa,
alimentación y medicinas.
Acordaos, ¡oh piadosísima
Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a
vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a
Vos también acudo, oh Madre, Virgen de vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis
pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
Madre de Dios, no desechéis
mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
(San Bernardo, 1090-1153)
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