En aquellos años de juventud, en medio de cambios de régimen y de políticos, de una actividad social frenética, en el año de los Tres Papas y de la aprobación de la Constitución Española, mi marido y yo nos casamos en pleno mes de abril. Aquel momentazo sucedió hace 48 años. No sabíamos ciertamente en qué nos habíamos metido, solo queríamos estar el uno con el otro, después de varios años de noviazgo. Así las cosas con amor y paciencia, a veces más del uno que del otro, y después compensando, con el paso de los avatares de los diferentes impulsos profesionales, los hijos, las dificultades y muchas alegrías hemos ido tejiendo una vida hasta sentirnos realmente una Solacarne.
Siendo diferentes en muchísimas
cosas, y uno hombre y la otra mujer, con el tiempo hemos creado un hilo que nos
une por ambos extremos que no se puede cortar. Dios nos ha ayudado a sentir la
dependencia del uno en el otro y viceversa. El uno del otro no depende
materialmente hablando, pero el ser y la esencia de todo que es Dios nos mantiene
en esa unión sagrada del matrimonio, que no conocíamos al principio y ahora es
el propio devenir de nuestra vida en común.
Por eso hace muchos años que
celebramos esa fiesta nupcial. Pero más recientemente en el mismo día del
aniversario y con la expresión del rito matrimonial en la santa misa repitiendo
las palabras que están escritas en el Rito de la celebración del Matrimonio.
Dirigidos por el sacerdote que celebraba repetimos con sinceridad y emoción la
perseverancia de nuestra entrega mutua, ante Dios y compartiéndolo con los que
estaban presentes en aquella celebración.
Luego seguimos nuestra
celebración con un almuerzo privado, un paseo por un centro comercial y una
sesión de cine divertida, es decir, todo normal.
