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Yo, ya!

A los más pequeños de la familia cuando empiezan a balbucear no se les entiende apenas pero ahí están los padres, y más las madres, para que todo quede claro ya que tienen las capacidades de traducción simultánea perfectamente desarrolladas. Por ejemplo, si una hermanita, o una tía, se llama Gloria sin duda le llamará ¡Yoya!.

Pero hoy en día el nombre de Gloria casi no se pone a las niñas en cambio el nombre de Yoya está cogiendo un significado colosal, pues estamos inmersos en una larga generación: la del Yo y la del Ya, es decir lo que yo quiero y además de que yo lo quiero, lo exijo ahora mismo.

Esa perífrasis ya va corriendo de boca en boca entre aquellas personas que nos sorprende el relativismo, el egocentrismo, el individualismo, el ateísmo, el egoísmo…. es decir, todo aquello que erige al Yo, a mi Yo, por encima de todo, de todo ser humano, y lo peor, sustancialmente por encima de Dios. Pero incluso a los que nos puede resultar tan llamativo y horroroso, caemos una y otra vez en nuestro yo y en el yamismo, en consecuencia nadie se escapa del Yoya.

Lo que ocurre es unos tienden más que otros hacia darse a si mismos que hacia darse a los demás, de ahí que Yoya vaya tomando una posición en el mundo capaz de desviar la inclinación del eje de la tierra, como he dicho otras ocasiones.

Pero como no me gusta el catastrofismo ni el apocalismo, con el mandamiento de la caridad, aquel que nos dice Jesús de que amemos unos a otros, si somos capaces de practicarlo, conseguiremos que ese eje imaginario se mantenga en su sitio.


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