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Esas gratas coincidencias

Cuantas veces decimos sin pensar “fíjate qué coincidencia” o qué casualidad, eh!”, porque todo eso que confluye parece que sea un conjunto de cosas perfectas o un caos en orden. Y hasta en lo más simple, estoy convencida de que la coincidencia es Providencia.

Pasó que salimos mi marido y yo por la tarde del sábado camino del domicilio de unos amigos a celebrar la onomástica de la anfitriona. Íbamos con tiempo para llegar a la hora que nos habían dicho. Se trataba de atravesar la ciudad en el Subway o Metro (como decimos en mi país); el tiempo de espera del convoy en un sábado es superior al habitual y además teníamos que hacer transbordo  para cambiar de línea. Sin embargo, todo fue a tiro. Pisamos el andén y en ambos casos entraba el convoy. Llegamos a la estación de destino con más de veinte minutos de anticipación, todo un record de extrema puntualidad. Sin embargo no era cuestión de llegar tan pronto, también es de mala educación presentarse en una casa antes de la hora, además a ti misma eso también te molesta porque estás acabando los preparativos, o te estás dando el último toque para estar más estupenda, todavía!

Así que decidimos sentarnos en un banco de una placita que había cerca de la salida del Metro. Y en esa decisión vimos una iglesia, sin la Cruz exterior pues parte del recinto de su entorno se había convertido en un Centro Cívico del Ayuntamiento, cosa muy habitual en estos tiempos de secularización. Gracias a Dios vimos que estaba la puerta abierta, y nos dijimos “Así haremos la visita al Señor”. Mientras discurría nuestra oración, todo aquello que íbamos oyendo percibimos que era una homilía dentro de una celebración eucarística. Mis oídos se sorprendían a cada palabra, era una catequesis sobre el Matrimonio, el sacerdote había hecho un resumen doctrinal y humano de una vida matrimonial. Al principio creía que era como una manía mía… siempre pensando en el mismo tema, me decía, pero no, Rafael y Teresa cumplían y celebraban aquel día 50 años! de matrimonio. 

Mi marido y yo nos íbamos diciendo cosas, todas monas…Siguió la renovación de promesas matrimoniales, y él y yo recordamos que ya las habíamos renovado dos veces; subieron al presbiterio los hijos y nietos, y estuvieron junto a sus padres y abuelos en aquel momento tan feliz. Una vez renovado el compromiso, los hijos les regalaron unos anillos. Finalmente el Matrimonio leyó lo que nos faltaba a mi marido y a mí para soltar una lágrima de cocodrilo cada uno: Bendito seas Señor por haberme dado por regalo a Teresa… Bendito seas Señor por haberme dado por regalo a Rafael. A esta pareja estupenda no la conocemos personalmente pero nos emocionamos igualmente con su felicidad.

Y ya se vino el momento de irnos a casa de nuestros amigos, llegamos con la puntualidad esperada, sin embargo con una inyección de ilusión y de amor inesperada, providencial, claro!

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