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Qué hacemos con nuestros difuntos

 

En todas partes del mundo, cada civilización, cada religión, cada costumbre en el paganismo… hace y dispone sobre los difuntos. Aquello de que descansen en paz es ciertamente difícil de entender en muchas ocasiones. Gracias a Dios, por muy difícil que se lo pongamos a Dios, se producirá la Resurrección de los Muertos y la Vida Eterna. Amén.

Sin embargo, debido a la multiplicación de posibilidades de lo que los vivos hacemos con nuestros difuntos, es necesario recordar a los cristianos una serie de indicaciones que nuestra Madre la Iglesia, dispuso y dispone para los restos mortales de nuestros difuntos.

Teniendo en cuenta las diversas posibilidades que nos ofrece el mercado funerario de hoy, los cristianos debemos saber lo que debemos hacer, y actuar con serenidad y calma, aunque nuestro difunto haya dispuesto otra cosa, pero si somos personas de fe, no hemos de temer por el hecho de hacer las cosas como Dios quiere y manda.


La cremación está de moda, y llevarse las cenizas a casa también. Se piensa en un principio que el ahorro del cementerio es importante, o que lo pague otro, o mil cosas más. Sin embargo, es una moda de las religiones o de los paganismos que no creen en un Dios Padre, ni en la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, ni el éxtasis resultante del Espíritu Santo. Hacer un altar en casa y venerar las cenizas no lo hacemos los cristianos practicantes. Nosotros veneramos a los santos, a la Comunión de los Santos, y por encima de todo a la Virgen Santísima. Y solo a Dios adoramos, en el Santísimo Sacramento del Altar.

No es de recibo tirar las cenizas a un monte, o desde lo alto de la montaña más alta, o a un río, al mar, o en el puerto donde tenía la barca el difunto. Los muertos, aunque se hayan convertido en cenizas deben respetarse. Tampoco es de recibo compra un “Kit de cenizas”, que incluye unos minúsculos embudo, tornillo y destornillador para introducir en un colgante, anillo o pulsera un poco de la ceniza de nuestra persona amada. O convertir las cenizas en carbono puro para hacer una joya impactante. No.

Tengamos paz. Los vivos no hemos de dar trabajo con nuestros caprichos a los que nos sobrevivan. Tanto en un ataúd como en una vasija de cenizas, ¡enterremos a los muertos en los cementerios o en las iglesias! Actualmente, siguiendo una tradición muy antigua de la Iglesia Universal, muchas parroquias católicas están ofreciendo columbarios en su interior, aquellas que son grandes tienen más facilidades para construirlos, pues la Iglesia Católica no rechaza la cremación, por lo que ofrece en muchas iglesias esta posibilidad del columbario.

Estamos en el mes de noviembre, todavía. Un mes muy especial para rezar por nuestros fieles difuntos, incluso por aquellos que tuvieron una despedida pagana, o, como ahora se dice, civil. Dios nos juzgará por el amor, y con amor misericordioso.

 


 ¿Y qué ha dispuesto la Iglesia?

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Instrucción Ad resurgendum cum Christo
acerca de la sepultura de los difuntos
y la conservación de las cenizas en caso de cremación

 

1. Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario «dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor» (2 Co 5, 8). Con la Instrucción Piam et constantem del 5 de julio de 1963, el entonces Santo Oficio, estableció que «la Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos», pero agregó que la cremación no es «contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural» y que no se les negaran los sacramentos y los funerales a los que habían solicitado ser cremados, siempre que esta opción no obedezca a la «negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia»[1]. Este cambio de la disciplina eclesiástica ha sido incorporado en el Código de Derecho Canónico (1983) y en el Código de Cánones de las Iglesias Orientales (1990).

Mientras tanto, la práctica de la cremación se ha difundido notablemente en muchos países, pero al mismo tiempo también se han propagado nuevas ideas en desacuerdo con la fe de la Iglesia. Después de haber debidamente escuchado a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos y muchas Conferencias Episcopales y Sínodos de los Obispos de las Iglesias Orientales, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha considerado conveniente la publicación de una nueva Instrucción, con el fin de reafirmar las razones doctrinales y pastorales para la preferencia de la sepultura de los cuerpos y de emanar normas relativas a la conservación de las cenizas en el caso de la cremación.

2. La resurrección de Jesús es la verdad culminante de la fe cristiana, predicada como una parte esencial del Misterio pascual desde los orígenes del cristianismo: «Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce» (1 Co 15,3-5).

Por su muerte y resurrección, Cristo nos libera del pecado y nos da acceso a una nueva vida: «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… también nosotros vivamos una nueva vida» (Rm 6,4). Además, el Cristo resucitado es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Co 15, 20-22).

Si es verdad que Cristo nos resucitará en el último día, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En el Bautismo, de hecho, hemos sido sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo y asimilados sacramentalmente a él: «Sepultados con él en el bautismo, con él habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos»(Col 2, 12). Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Ef 2, 6).

Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma: y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo»[2]. Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. También en nuestros días, la Iglesia está llamada a anunciar la fe en la resurrección: «La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella»[3].

3. Siguiendo la antiquísima tradición cristiana, la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados[4].

En la memoria de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, misterio a la luz del cual se manifiesta el sentido cristiano de la muerte[5], la inhumación es en primer lugar la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal[6].

La Iglesia, como madre acompaña al cristiano durante su peregrinación terrena, ofrece al Padre, en Cristo, el hijo de su gracia, y entregará sus restos mortales a la tierra con la esperanza de que resucitará en la gloria[7].

Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne[8], y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia[9]. No puede permitir, por lo tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la “prisión” del cuerpo.

Además, la sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos, que mediante el Bautismo se han convertido en templo del Espíritu Santo y de los cuales, «como herramientas y vasos, se ha servido piadosamente el Espíritu para llevar a cabo muchas obras buenas»[10].

Tobías el justo es elogiado por los méritos adquiridos ante Dios por haber sepultado a los muertos[11], y la Iglesia considera la sepultura de los muertos como una obra de misericordia corporal[12].

Por último, la sepultura de los cuerpos de los fieles difuntos en los cementerios u otros lugares sagrados favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de los familiares y de toda la comunidad cristiana, y la veneración de los mártires y santos.

Mediante la sepultura de los cuerpos en los cementerios, en las iglesias o en las áreas a ellos dedicadas, la tradición cristiana ha custodiado la comunión entre los vivos y los muertos, y se ha opuesto a la tendencia a ocultar o privatizar el evento de la muerte y el significado que tiene para los cristianos.

4. Cuando razones de tipo higiénicas, económicas o sociales lleven a optar por la cremación, ésta no debe ser contraria a la voluntad expresa o razonablemente presunta del fiel difunto, la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo y por lo tanto no contiene la negación objetiva de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo[13].

La Iglesia sigue prefiriendo la sepultura de los cuerpos, porque con ella se demuestra un mayor aprecio por los difuntos; sin embargo, la cremación no está prohibida, «a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana»[14].

En ausencia de razones contrarias a la doctrina cristiana, la Iglesia, después de la celebración de las exequias, acompaña la cremación con especiales indicaciones litúrgicas y pastorales, teniendo un cuidado particular para evitar cualquier tipo de escándalo o indiferencia religiosa.

5. Si por razones legítimas se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente.

Desde el principio, los cristianos han deseado que sus difuntos fueran objeto de oraciones y recuerdo de parte de la comunidad cristiana. Sus tumbas se convirtieron en lugares de oración, recuerdo y reflexión. Los fieles difuntos son parte de la Iglesia, que cree en la comunión «de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia»[15].

La conservación de las cenizas en un lugar sagrado puede ayudar a reducir el riesgo de sustraer a los difuntos de la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana. Así, además, se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas.

6. Por las razones mencionadas anteriormente, no está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario, de acuerdo con la Conferencia Episcopal o con el Sínodo de los Obispos de las Iglesias Orientales, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar. Las cenizas, sin embargo, no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación.

7. Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación.

8. En el caso de que el difunto hubiera dispuesto la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le han de negar las exequias, de acuerdo con la norma del derecho[16].

El Sumo Pontífice Francisco, en audiencia concedida al infrascrito Cardenal Prefecto el 18 de marzo de 2016, ha aprobado la presente Instrucción, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación el 2 de marzo de 2016, y ha ordenado su publicación.

Roma, de la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016, Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María.

Gerhard Card. Müller Prefecto +Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Secretario

 

 

Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne

 Las lecturas de la santa misa de hoy, Domingo de la XXVII semana del tiempo ordinario, nos presentan el fragmento de la creación de la mujer, Eva, surgida de una costilla de Adán. A partir de ahí Dios los une, y les da la tierra para que la sometan y se multipliquen. Es un pasaje bíblico, de los más antiguos, en los que se explica de una forma maravillosamente simbólica el cómo creó Dios el núcleo de la familia que sostiene la humanidad, antes y ahora.

Y transcurriendo el Año de las Familias que finalizará en el mes de junio del año que viene, este texto tan sorprendente nos hace ver qué importante es para Dios este núcleo celular de la familia, el varón y la mujer unidos para siempre, en una entrega mutua, constante y recíproca.

Esta unión natural creada por Dios, Jesucristo la elevó a sacramento, y gracias a sus efectos se reciben muchas gracias divinas.

Pero como el diablo no hace vacaciones e incide en todos los ambientes, crea enemistades y conflictos en los matrimonios, tanto civiles como religiosos, haciendo uso de los instrumentos más temibles de la ideología género. Por ello, hemos de leer y releer el Evangelio de Jesucristo para no salirnos del camino.

Del Libro del Génesis 2, 18-24

En aquel día, dijo el Señor Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude”. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre y así todo ser viviente tuviera el nombre puesto por Adán.

Así, pues, Adán les puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo.

Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño, y mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. Se la llevó al hombre y éste exclamó:

“Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque ha sido formada del hombre”. Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

 

Los milagros de Dios en la pandemia

¡Qué historia de conversión tan bonita acabo de leer en la web católica RELIGION Y LIBERTAD! Los nuevos catecúmenos Sonia y su pareja recibirán no un baño de gracia sino un chaparrón de Gracia Santificante en la noche de Pascua, en la celebración de la Vigilia Pascual, en la Catedral de Córdoba.


Sonia explica cómo se produjo su conversión hacia Dios y a la religión católica, cómo supuso un cambió absoluto en su vida y la felicidad plena en la que vive desde que conoció a Dios, en el año de la pandemia 2020.

Recibirá todos los sacramentos posibles: bautismo, confirmación, eucaristía y matrimonio sacramental. Su pareja, ya bautizado, recibirá el sacramento de la confirmación y del matrimonio. Y a su vez, bautizarán a sus tres hijas.

 LA IMPACTANTE CONVERSIÓN DE SONIA Y SU PAREJA

Dios no nos abandona, nos llama, se hace presente, no hemos de tener miedo, está ahí para acogernos.

Vocación matrimonial y vocación al celibato apostólico

 El domingo 31 de enero de 2021 en las lecturas de la santa misa oímos y leímos la Primera Carta a los Corintios de San Pablo (1Cor 7,32-35):

Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

San Pablo en este texto distingue la vocación matrimonial de la vocación al celibato apostólico, de ahí las vocaciones al diaconado y al sacerdocio, y al ingreso en las congregaciones religiosas, tanto de varones como de mujeres. Así como los numerarios y numerarias, agregados y agregadas que forman parte del Opus Dei y que como solteros ofrecen su celibato por amor a Dios, en cualquier parte del mundo.

La búsqueda de la Vocación. Opus Dei

En la provincia de Burgos, es el lugar donde creo que hay más monasterios de toda España, ¡27!, y además rezan, y rezan de verdad, sin distinción ni afección de personas. 

Demos gracias a Dios por tanta oración, que buena falta hace.

Mucha Esperanza, mucha Fe y mucha Caridad para el año 2021

En el último domingo del año, la Iglesia Universal celebra el día de la Sagrada Familia de Nazaret como modelo de familia humana. Infinitas circunstancias propician que ese modelo de familia se disgregue o se rompa, o siga adelante con apenas aliento. En cualquier caso, esa sería nuestra familia, aunque la madre sea muy difícil de aguantar y el padre apenas conozca a sus hijos, y estos hermanos sean tan diferentes que no parezca que tengan vínculo de sangre. O simplemente no haya padre o madre, pero esos hijos a los ojos de Dios seguirán siendo hijos suyos. Y sin Dios los acoge nada vamos a objetar ni criticar.

El mejor referente para todo ello, son las lecturas de la santa misa de este domingo 27 de diciembre de 2020, que nos podemos aplicar todos, pues todos pertenecemos a una familia humana, y todas las familias a la de los Hijos e Hijas de Dios.


(1ª Lectura) Eclesiástico 3,3-7.14-17a: El Señor honra al padre en los hijos y respalda la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre queda limpio de pecado; y acumula tesoros, el que respeta a su madre. Quien honra a su padre, encontrará alegría en sus hijos y su oración será escuchada; nel que enaltece a su padre, tendrá larga vida y el que obedece al Señor, es consuelo de su madre. Hijo, cuida de tu padre en la vejez y en su vida no le causes tristeza; aunque se debilite su razón, ten paciencia con él y no lo menosprecies por estar tú en pleno vigor. El bien hecho al padre no quedará en el olvido y se tomará a cuenta de tus pecados.

 Salmo responsorial: 127

R/. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. R/ Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R/ Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sion, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. R/

 (2ª Lectura) Carta a los Hebreos 11,8.11-12.17-19: Hermanos: Por su fe, Abraham, obediente a la llamada de Dios, y sin saber a dónde iba, partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia. Por su fe, Sara, aun siendo estéril y a pesar de su avanzada edad, pudo concebir un hijo, porque creyó que Dios habría de ser fiel a la promesa; y así, de un solo hombre, ya anciano, nació una descendencia, numerosa como las estrellas del cielo e incontable como las arenas del mar. Por su fe, Abraham, cuando Dios le puso una prueba, se dispuso a sacrificar a Isaac, su hijo único, garantía de la promesa, porque Dios le había dicho: De Isaac nacerá la descendencia que ha de llevar tu nombre. Abraham pensaba, en efecto, que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos; por eso le fue devuelto Isaac, que se convirtió así en un símbolo profético.

Texto del Evangelio según San Lucas 2,22-40: Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! — a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él. 



Pues ya está ¡por fin! se acaba este año tan difícil de sobre llevar.


No nos acoquinemos, cuidémonos y cuidemos también a nuestra familia, a nuestro entorno, a los vecinos... deseándonos entre todos mucha Esperanza, mucha Fe y mucha Caridad para el año 2021, procurando ser felices en las cosas más pequeñas.   

El matrimonio de Moisés a lo largo de los tiempos

El enlace matrimonial entre un hombre y una mujer siempre ha suscitado comentarios, leyes, normativas, peleas, fiestas, regalos y miles de cosas más. Siempre, a lo largo de los siglos y de etapas de la historia de la humanidad, los ríos de tinta han explicado y explican lo sagrado y lo santo del Matrimonio. Aunque a través de los tiempos las fórmulas y gestos han ido variando, surgen en cada lugar y cultura, en cada religión o creencia, nuevas formas de nacer y morir del Matrimonio.

Hoy hemos escogido el matrimonio de Moisés

En la Sagrada Biblia católica, en el Libro de los Números capítulo 12, leemos el relato del matrimonio de Moisés con la cusita, los comentarios y críticas de sus hermanos y la ira de Dios ante una conducta tan necia como la de Aaron y Miriam.


Leamos lo siguiente:

Capítulo 12 del Libro de los Números

Las murmuraciones de Miriam y de Aaron contra Moisés

1 Miriam y Aarón se pusieron a murmurar contra Moisés a causa de la mujer cusita con la que este se había casado. Moisés, en efecto, se había casado con una mujer de Cus.

2 «¿Acaso el Señor ha hablado únicamente por medio de Moisés?, decían. ¿No habló también por medio de nosotros?». Y el Señor oyó todo esto.

3 Ahora bien, Moisés era un hombre muy humilde, más humilde que cualquier otro hombre sobre la tierra.

El elogio del Señor a Moisés

4 De pronto, el Señor dijo a Moisés, a Aarón y a Miriam: «Vayan los tres a la Carpa del Encuentro». Cuando salieron los tres,

5 el Señor descendió en la columna de la nube y se detuvo a la entrada de la Carpa. Luego llamó a Aarón y a Miriam. Los dos se adelantaron,

6 y el Señor les dijo: «Escuchen bien mis palabras: Cuando aparece entre ustedes un profeta, yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño.

7 No sucede así con mi servidor Moisés: él es el hombre de confianza en toda mi casa.

8 Yo hablo con él cara a cara, claramente, no con enigmas, y el contempla la figura del Señor. ¿Por qué entonces ustedes se han atrevido a hablar contra mi servidor Moisés?».

9 Y lleno de indignación contra ellos, el Señor se alejó.

El castigo de Miriam

10 Apenas la nube se retiró de encima de la Carpa, Miriam se cubrió de lepra, quedando blanca como la nieve. Cuando Aarón se volvió hacia ella y vio que estaba leprosa,

11 dijo a Moisés: «Por favor, señor, no hagas pesar sobre nosotros el pecado que hemos cometido por necedad.

12 No permitas que ella sea como el aborto, que al salir del seno materno ya tiene consumida la mitad de su carne».

13 Moisés invocó al Señor, diciendo: «¡Te ruego, Dios, que la cures!».

14 Pero el Señor le respondió: «Si su padre la hubiera escupido en la cara, ¿no tendría que soportar ese oprobio durante siete días? Que esté confinada fuera del campamento durante siete días, y al cabo de ellos vuelva a ser admitida».

15 Así Miriam quedó confinada fuera del campamento durante siete días, y el pueblo no reanudó la marcha hasta que fue admitida de nuevo.

16 Después el pueblo salió de Jaserot y acampó en el desierto de Parán.”

A la vista de la lectura de este texto sagrado, observamos que Dios reconoce en Moisés un siervo fiel y santo, y a pesar de haber sido ofendido por las críticas de sus hermanos, intercede ante Dios para que cure a su hermana. Y Dios, frente a tanta humildad, se compadece y libera a Miriam de una enfermedad incurable.  



¿Qué ocurrió en el fondo de aquellos corazones murmuradores?

Algunos autores debaten por qué a Aaron y a Miriam (María en otros textos) no les pareció bien el matrimonio con la cusita, o dicho de otra manera, con una mujer de la tribu de Cus (Kuhs, en otros textos), pero más bien se centran, no en el enlace propiamente dicho, sino en la gran humildad de la actitud de Moisés ante las murmuraciones. Por ello nuestro comentario es sobre que la esposa de Moisés era de Cus.

Por una parte, en el Wikipedia se explica que Los cusitas son una rama de etnias de la rama afroasiática (la misma a la que pertenecen semitas y bereberes) localizadas en el Cuerno de África (Etiopía, Eritrea y Somalia) y parte de la costa sudanesa del mar Rojo que se caracterizan por hablar lenguas cusitas …/… Los cusitas reciben ese nombre del reino de Kush, un antiguo Estado (750 a. C.) contemporáneo al Imperio egipcio que se situaba en el norte de Sudán, o Nubia —de hecho, Kush significaba Nubia en egipcio.

Por otra parte, en el Libro del Éxodo se relata cómo fue que Moisés conoció a su futura esposa. Después de que Moisés mató al egipcio, huyó de Egipto y se estableció en la tierra de Madián. Allí defendió a las siete hijas de Jetró (también conocido como Reuel u Hobab), sacerdote de Madián, contra unos pastores que las habían echado de allí. Cuando Jetró había oído hablar de la valentía de Moisés, invitó a Moisés a comer y por lo tanto le dio refugio y a su hija Séfora por mujer. Y ella le dio a luz un hijo y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: "Forastero soy en tierra ajena".

En el Libro de los números citado se hace referencia a una esposa etíope de Moisés, lo que provocó malestar en sus hermanos. Otros autores explorados, afirman que la mujer etíope o cusita sería la misma Séfora.

Además, la lectura occidental de nuestros tiempos nos refieren que Séfora significa pájaro y que era blanca y bella, igual que Moisés. Hoy sabemos muy bien que tanto los egipcios como los habitantes del Cuerno de África, son negros con unos rasgos propios y diferentes a otras regiones de África.

En ese sentido, el matrimonio con la cusita podría no ser el primer matrimonio de Moisés ¿Sería esto el motivo del enojo? Aun así, téngase en cuenta, que según la tradición Moisés vivió 120 años.

No es de extrañar pues, que durante tantos años de vida y muchos de ellos de viaje, además de una estancia larguísima en los desiertos que se encontraron a su paso, Moisés y el pueblo escogido por Dios se hubiera mezclado con otras tribus asentadas en los lugares por dónde pasaban, hasta llegar a la Tierra Prometida, que Moisés solo vio de lejos.


Así las cosas,

¿Qué fue lo que ocurrió para que Aaron y Miriam se enojaran por el matrimonio con la cusita? ¿Podría ser una disputa por tratarse de una mujer de otro pueblo, grupo o tribu, diferente al del origen de Moisés?

No lo sabemos del todo, o por lo menos yo simplemente no lo sé.

No obstante, antes y ahora, en muchos territorios o países del mundo se rechaza el mestizaje y se aspira a una raza pura, a un pueblo sin mezcla, en ocasiones, esa pureza viene marcada por profesar la misma religión. Esto lo hemos visto con más ahínco a partir del nacimiento de los liberalismos, pues el nacionalismo nace de una identidad cultural y de tradición que en el conjunto lo identifica.

Con exacerbación la Historia ha escrito sobre el napoleonismo, el nacismo, el indigenismo de la recién descubierta tierra de las américas, y el nacionalismo de las religiones en su modalidad fundamentalista. Pero también, las crueles y endémicas guerras tribales africanas y de otros nacionalismos en diferentes territorios europeos y americanos, teñidos igualmente de sangre y de lengua bífida.

¿Podría ser que a Aaron y a Miriam no les agradaran los cusitas en general?

Ellos salieron de Egipto, por lo que los cusitas debían ser diferentes. Pero, en cualquier caso, el pueblo de los cusitas hoy sigue poblando aquel territorio del Cuerno de África.

En la biblioteca Wikipedia se explica que Las etnias más importantes de este grupo son los oromo (25 millones, principalmente en Somalia) los somalíes (15 millones en Somalia) los sidama (en Etiopía, 2 millones) los hadia (1.6 millones), los kambata (1.4 millones) y los afar. Es decir, siguen allí y son muchísimos.

En definitiva, si Moisés se casó con una mujer de la tribu de Cus, y a Dios, le pareció estupendo, a nosotros también, así que, por nuestra parte, no hay nada que objetar en contra.

 El Libro de los Números . vaticano.va

Detalle de las fotos:

Cuadro de Boticcelli, Séfora con una de sus hermanas

Mapa del Cuerno de África, que incluye Egipto

Foto de la película Reyes y Dioses, el Éxodo con C Bale

 

Ser personas de fiar

Una de las lecturas del Evangelio de esta semana corresponde a San Mateo 23, 27-32, y dice:

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, ¡nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas. ¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!”


En la sabiduría popular se diría “Las apariencias engañan”.

Así que tanto en lo divino como en lo simplemente popular e incluso pagano se aborrece la hipocresía, es decir, aparentar lo que no se es. Hoy en día se le dice a tal y cual que es un “gili no sé cuántos”.

La coherencia es una de las mejores virtudes de la persona, ser creíble, hacer lo que toca y estar donde se debe. Que no demos pie a que se nos diga a los cristianos de Cristo Resucitado que no somos de fiar, que somos ladinos, que somos unos interesados y unos hipócritas. Si eso pasa, lo mejor es pedir perdón y desear la misericordia divina.

No obstante, las cosas materiales, nos ofrecen confusión con sus ruidos. En ocasiones oímos un ruido en casa y pensamos… ¿Nos habrán entrado? Pues no, resulta que es el ruido del parqué que hace ¡crack! Cuando empieza el frío. Quizá hemos oído agua y pensamos que está lloviendo a cántaros y resulta que es el grifo del lavado que sigue abierto con el tapón puesto y toda el agua va vertiendo como una cascada.

Y si no te has convencido, clica el siguiente YouTube y lo oyes con los ojos cerrados y pensarás que las tormentas anunciadas para las próximas horas se han adelantado.

Angel City Chorale

En el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan


Hoy estamos celebrando el Domingo de Ramos, desde la Iglesia Oriental hasta la Occidental. Los millones de católicos del planeta han seguido este inicio de la Semana Santa a través de los medios de comunicación a los que hayan podido tener acceso, televisión, radio o Internet. Otros muchos, en medio del dolor y la angustia, desde sus camas en los hospitales.

El Santo Padre Francisco, desde la Basílica de San Pedro del Vaticano, ha presidido una celebración insólita de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo con una liturgia sobria y mínima, en un templo majestuoso con apenas unas cuantas personas, diseminadas en unos pocos bancos, acompañaban al Santo Padre. 

Nos ha bendecido a todos y en su homilía ha incidido en la situación en la que estamos viviendo.

¡Alabado sea el Señor! ¡Hosanna en el cielo!





HOMILÍA DEL SANTO PADRE Francisco
Basílica de San Pedro

XXXV Jornada Mundial de la Juventud
Domingo, 5 de abril de 2020




"Jesús «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2,7). Con estas palabras del apóstol Pablo, dejémonos introducir en los días santos, donde la Palabra de Dios, como un estribillo, nos muestra a Jesús como siervo: el siervo que lava los pies a los discípulos el Jueves santo; el siervo que sufre y que triunfa el Viernes santo (cf. Is 52,13); y mañana, Isaías profetiza sobre Él: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo» (Is 42,1). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva.

Pero, una pregunta: ¿Cómo nos sirvió el Señor? Dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio. Santa Ángela de Foligno aseguró haber escuchado de Jesús estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final.

El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono.

La traición. Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado» (Mt 27,22). Fue traicionado por la institución religiosa que lo condenó injustamente y por la institución política que se lavó las manos. Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor.

Examinémonos interiormente. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos. El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas. ¿Y qué hizo para venir a nuestro encuentro, para servirnos? Lo que había dicho por medio del profeta: «Curaré su deslealtad, los amaré generosamente» (Os 14,5). Nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome... Por eso, ¡sigo adelante!”.

El abandono. En el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es una frase dura. Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido. Pero le quedaba el Padre. Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?”, el porqué más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?”. En realidad, son las palabras de un salmo (cf. 22,2) que nos dicen que Jesús llevó a la oración incluso la desolación extrema, pero el hecho es que en verdad la experimentó. Comprobó el abandono más grande, que los Evangelios testimonian recogiendo sus palabras originales.

¿Y todo esto para qué? Una vez más por nosotros, para servirnos. Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”. He aquí hasta dónde Jesús fue capaz de servirnos: descendiendo hasta el abismo de nuestros sufrimientos más atroces, hasta la traición y el abandono. Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.

Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece. El drama que estamos atravesando en este tiempo nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor. De este modo, en casa, en estos días santos pongámonos ante el Crucificado —mirad, mirad al Crucificado—, que es la medida del amor que Dios nos tiene. Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos, mirando al Crucificado, la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer. 

Mirad a mi Siervo, a quien sostengo. El Padre, que sostuvo a Jesús en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva, nos salva la vida. Quisiera decirlo de modo particular a los jóvenes, en esta Jornada que desde hace 35 años está dedicada a ellos. Queridos amigos: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás. Sentíos llamados a jugaros la vida. No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, sí al amor. Es decir, sin condiciones, sí al amor, como hizo Jesús por nosotros."

Homilía del Santo Padre en el Domingo de Ramos 2020

Rezar por los difuntos del Covid19


Hoy, para los católicos, es el Viernes de Dolor, preludio de la Semana Santa que viviremos, como nunca hasta ahora, de forma diferente, probablemente con más intensidad y adheridos como lapas a la Cruz de Cristo.

Hoy rezaríamos el Vía Crucis y procesaríamos, por la iglesia a la que tengamos costumbre acudir, las 14 estaciones. Sin embargo, el Vía Crucis, este año está en las familias que no pueden enterrar a sus muertos, que no pueden ir a visitar a sus enfermos y en todas aquellas personas que colaboran para que no nos contagiemos, curando a enfermos, moribundos y recuperados. Un Vía Crucis de tantas personas que incluso sin ser creyentes, ayudan a Cristo a llevar su Cruz. Que Dios les conceda el don de la fe y de la conversión.

Todos y cada uno de nosotros, más que cifras, tenemos también algunos  nombres de personas que han muerto debido al Covid19, y que quizás iban a morir de otras enfermedades muy rabiosas, pero que en breve tiempo la muerte se los ha llevado por este coronavirus malicioso.


Tiempo habrá para determinar si su origen vuelve a ser, por cuarta vez, en China. Si en sus laboratorios experimentan con pangolines, arañas o murciélagos, como ya saben algunos. Si unos gobiernos u otros se equivocaron al tomar sus decisiones. O lo que sea. Lo cierto es que con datos más o menos optimistas de la disminución de las curvas, la gente se sigue muriendo a chorro hasta que la programación del Covid19 se detenga.

Hoy, pues, velando por este Vía Crucis que la humanidad entera está padeciendo, en la quietud de nuestro hogar, recemos un RESPONSO POR LOS DIFUNTOS MÁS CERCANOS y por todos los demás.

V/No te acuerdes, Señor, de nuestros pecados.
R/Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.
V/Señor, Dios mío, dirige nuestros pasos en tu presencia.
R/Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.
V/Concédeles, Señor, el descanso eterno, Y que les alumbre la luz eterna.
V/Señor, ten piedad.
R/Cristo, ten piedad, Señor, ten piedad.
Padre nuestro…
V/Libra, Señor, sus almas.
R/De las penas del infierno.
V/Descansen en paz.
R/Amén.


Convertíos y creed en el Evangelio


Hoy es Miércoles de Ceniza, hoy empieza la Cuaresma, es un tiempo de sobriedad, conversión y alegría para los cristianos que siguen a Cristo y creen en su Resurrección. Un tiempo para seguir la vida cotidiana del matrimonio o del celibato con total normalidad, pero rezando un poco más. Nos invaden las noticias de la epidemia del coronavirus llamado oficialmente Covid 19. Pero, en contrapartida, hemos de saber vivir en manos de Dios, sin alarmas, sin miedos y haciendo caso a las autoridades sanitarias.


San Juan XXIII dejó escrito Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario- que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo”.

Dentro de cuarenta días, celebraremos el Día de Ramos, un día de aclamación a Jesús, preludio de su Pasión y Crucifixión, dando paso a la Semana Santa. Y  estos tiempos litúrgicos podrán ser motivo de explicación en nuestro apostolado habitual, pues ninguna cosa de Dios se pierde. En familia, los podríamos vivir con las pequeñas acciones que se nos pide, de ayuno y abstinencia en el día de hoy y el Viernes Santo, y sólo abstinencia los viernes de Cuaresma.

Para meditar estos días podemos leer el Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2020.