marzo 15, 2016

El adulterio requiere perdón

El adulterio en otros tiempos tenía un significado muy grave, sobre todo si lo cometía la mujer. Como hemos escuchado en la misa de este pasado domingo V de Cuaresma, el evangelio nos recuerda que la Ley de Moisés castigaba a la mujer adúltera a morir apedreada. 

Pero Jesús perdona siempre ante el arrepentimiento, y es necesario ese perdón, aunque las leyes humanas que hoy rigen, no persiguen el adulterio como delito o falta. No obstante, para Dios esto no ha cambiado, el adulterio es pecado mortal porque Él mismo instituyó la unión de un hombre con una mujer para toda la vida en una sola carne. 

Dios espera que en adelante no pequemos más, y para ello se requiere no distraerse con miradas atractivas, seductoras, con conversaciones que no llevan más que a ligar, a quedar a tomar ¡qué sé yo!, una cenita, un paseíto. Nada de todo eso hemos de aceptar o proponer, porque somos débiles y las tentaciones son muy fáciles de que lleguen y muy difíciles de que se marchen.

Evangelio
Juan 8:1-11

Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»

Mi matrimonio, de fiesta en fiesta