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Infidelidades públicas

Periódicamente saltan a la portada informativa afers amorosos de presidentes de república o de reyes que son jefes de estado. Y estos gobernantes esgrimen a su favor que los demás no hemos de meter ni las narices porque se trata de asuntos de su  entorno privado y que por lo tanto se ha de respetar esa esfera. Dicho así parece muy pragmático y como consecuencia de ello, los periodistas que descubren las infidelidades quedan como unos desalmados.

Es evidente que cada uno puede hacer lo que le de la gana, pero si ese hacer lo que me da la gana es sufragado por los impuestos de los ciudadanos, mis impuestos, el asunto pasa automáticamente al entorno público. Que el rey de España en sus años más mozos se paseara por la Rambla de Catalunya de Barcelona, en moto, pues sus infidelidades también se conocían en esta ciudad, era y es del entorno público; si le compró un pisito completito a la princesa Carinne, también es del entorno público. Y si el presidente de Francia, sin estar casado con ninguna de las mujeres que se le conocen, y si son Primeras damas, es del entorno público. Lo que ocurre es que las cosas del perder la templanza por el camino apetecen, tienen morbo y gustan, pero que salgan a la luz avergüenzan porque es una vergüenza, además es un síntoma de flojera. Es evidente que estas actitudes perjudican la imagen de un país porque se espera de sus mandatarios que sean personas capaces de ser fuertes y capaces incluso de soportar tentaciones de este tipo que todos conocemos, que todos podemos haber tenido y que muchos y más nos hemos aguantado. La observación en los demás de este síntoma de flojera, como es algo común y antiguo en la humanidad, decepciona, porque todos sabemos lo que es sucumbir a las lágrimas de alguien; sucumbir al sentirse amado; sucumbir al sentirse objeto de deseo y confianza; y a sucumbir de una manera leve o total al placer sexual.

Por lo tanto, ¡señores y señoras! ¡reyes y reinas! ¡presidentes de repúblicas! … hacer el ridículo someramente de esta manera es un paso de gigante hacia su cese, a su abdicación y a no ser reelegidos, si se diera el caso. 

La templanza es una virtud, y como tal se ha de practicar para que forme parte del hábito personal, y como tal cosa es difícil,  hay que ponerse a la tarea, aunque ya sea tarde para los ojos públicos. Por de pronto, invito a la lectura de una meditación sobre la castidad y la pureza. De textos profundos, pero a la vez asequibles, se pueden obtener conceptos y acciones interesantes para llevar a la práctica. 

¡Gracias! Francesc, por facilitarme el texto de la meditación.

Texto de la Meditación "Pureza y Vida" de Francisco Fernández Carvajal

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