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Educación sin carencias

¡Cuánto nos preocupa la educación de nuestros hijos! Y las madres nos deshacemos para protegerlos, enseñarlos, amarlos, y miles de cosas más. Pero quizá también, nos excedemos, probablemente sin darnos cuenta, y los educamos sin que sufran carencias, y luego de mayores no saben luchar para obtener un trabajo o para mantenerlo, o para saber aceptar las decepciones de la vida cotidiana o la ausencia de las alegrías constantes. En cuanto a la fe ¿Seríamos nosotras capaces de empujarlos al martirio para salvar su alma y la de sus hermanos? ¿Vivimos la virtud de la fortaleza con tanta profundidad que salga de nosotras ese gran amor por Dios como para devolverle a nuestros hijos, que son y han sido desde antes del de su concepción hijos de Dios?

Estas y unas cuantas preguntas más, nos pueden surgir de la lectura y meditación de este texto bíblico, del Segundo Libro de los Macabeos, en el que una madre de siete hijos los impulsa a no ceder ante la presión de un rey pagano, y pecar así contra Dios. Es esa madre una mujer fuerte y valiente, como tantísimas mujeres del siglo XX que dieron testimonio de una fe inquebrantable, motivo por el que el siglo XX fue calificado por el beato Juan Pablo II, el siglo de los mártires. Una reflexión sobre la educación en la fe de nuestros hijos para este tiempo de Adviento.  




"En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre.  El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Pero ninguno más admirable y digno de recuerdo que la madre. Viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor. Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno, y les decía en su lengua: "Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os di el aliento ni la vida, ni ordené los elementos vuestro organismo. Fue el creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, con su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por la ley."Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando. Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo, no sólo con palabras, sino que le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por amigo y le daría algún cargo. Pero como el muchacho no hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien. Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma: "Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié tres años y te he alimentado hasta que te has hecho un joven. Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contiene y verás que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el hombre. No temas a ese verdugo, no desmerezcas de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos."Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo: "¿Qué esperáis? No me someto al decreto real. Yo obedezco los preceptos de la ley dada a nuestros antepasados por medio de Moisés. Pero tú, que has tramado toda clase de crímenes contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios."


Segundo Libro de los Macabeos 7,1.20-31

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