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El sometimiento en el Matrimonio

La lectura simplista y lineal o literal de los textos sagrados, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, nos puede llevar a confusiones, y en definitiva a no entender nada. No se pueden leer como una noticia de un periódico habitual. De la Sagrada Escritura no se puede extrapolar nada del contexto en que está escrito, de la época y de su misión: mostrar la Revelación de Dios y la Redención; siempre hay que leerlos a la luz de la fe, para su real y completa comprensión. En efecto, si leemos de san Pablo a los Efesios (5, 21-32) el extracto referido al Matrimonio a frases sueltas, y con mala fe, nos podemos encontrar con que la mujer, la esposa, mejor se ponga debajo de una mesa para no ser azotada, o eche a correr y salga del domicilio conyugal.

Este texto empieza y sigue así:

“Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”.

Este punto ha sido despreciado y criticado muy a menudo porque el concepto de sometimiento induce a entenderse como represión. En cambio, la palabra “someterse” en el diccionario de la lengua tiene muchas más acepciones. Una muy habitual es la que se usa en las cámaras legislativas o asambleas parlamentarias cuando se dice que tal texto “se somete a votación”. Creo que ningún parlamentario se siente oprimido ni reprimido porque se le ofrezca la posibilidad de votar, además puede votar o no, es decir abstenerse, votar sí o no, salir de la cámara a tomar un café… etc. Así, en el Matrimonio “someterse” también puede significar: mostrar, ofrecer, exponer, proponer, sugerir, plantear, expresar, presentar, formular, brindar, encomendar, delegar…

A continuación san Pablo dice:

“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por Ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son".

En este pequeño extracto, el cual sigue con más enseñanzas para los esposos, podemos comprobar que tanto revuelo por lo del sometimiento está fuera de lugar. En lo que insiste san Pablo y es la lección más importante, es que tanto el hombre, el esposo, como la mujer, la esposa, tienen un auténtico y único referente: Cristo y su Iglesia.

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