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Sin compasión

En cierta ocasión me sentí invisible y recordé una entrevista a un psiquiatra publicada en el periódico La Vanguardia de Barcelona, sobre ese estado en el que algunas mujeres se pueden sentir después de años de matrimonio ya que sus maridos correspondientes no las ven; gracias a Dios, solo fue una sensación pasajera pues de lo contrario habría ido en busca de aquel profesional. Pero ocurre que pueda pasar que te sientas toro y además de lidia, y no por la fuerza que tiene o por sus 600 Kg. de peso, sino porque hay días en que la puerta de la calle de tu casa es como la del toril… sales, empiezas a correr, te defiendes con tus armas, tu inteligencia, tu trabajo, tu oración, y toma castaña! te clavan una lanza en pleno costado; las prisas ya no son prisas, es una carrera de obstáculos, y toma banderilla de colores!. Y venga de lidiar, al marido (con mucho cariño), a las responsabilidades, a los jefes, a las jefas, a los jefes añadidos por las circunstancias, y toma pareja de más banderillas de colores! Por fin exhausta, piensas…. compasión, por favor! Pues no, aparece, de luces, el inefable, el torero, el mejor del entorno y donde más duele, hasta el fondo, y antes de chistar,  toma espada!, Muerta ya echas a llorar. Menos mal, vuelves a casa y ves que la puerta ya tiene otro aspecto y que tu balcón sigue lleno de flores a pesar de la tormenta, y te sube el ánimo. Menuda pesadilla…. ¿me pasó de verdad o estaba en un vagón del metro?  Mejor me voy a dormir, y miro de enganchar el sueño, de nuevo, para ver cómo acaba, ¿o me pasará como al protagonista de El dia de la Marmota?

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